Por Laura Fernández, antropóloga.
“Estudiar no es un acto de consumir ideas, si no de
crearlas y recrearlas”
Paulo Freire.
Uno de los objetivos de la educación es que sea capaz de promover un conjunto de ciudadanos críticos, responsables y participativos capaces de tomar las decisiones acertadas sobre su futuro y el de su sociedad. Pero, ¿hemos conseguido alguna vez este objetivo? ¿Nuestro modelo educativo produce sociedades justas y solidarias? ¿Crea una ciudadanía crítica y responsable?
La filosofía, por sus características, ocupa un papel crucial en la consecución de estos objetivos: ayuda a desarrollar una capacidad de abstracción y unas actitudes de escucha y diálogo imprescindibles en este mundo globalizado y multicultural. Éste es el objetivo de muchos profesores de filosofía: enseñar a sus alumnos a pensar por sí mismos, que aprendan filosofía haciendo filosofía. Acercarles la materia con el objetivo de que después ellos sean capaces de incorporarla a sus vidas como una valiosa herramienta para desentrañar y meditar acerca de los problemas del ser humano.
Uno de los métodos más aplicados y con mayor repercusión en esta línea es el de Filosofía para Niños. Su creador, el filósofo y educador estadounidense Mathew Lipman (1922-2010), convencido de que la filosofía es una herramienta imprescindible para hacer pensar a los niños, ideó este programa con el objetivo de formar personas críticas y creativas capaces de conformar una sociedad verdaderamente democrática. Su intención fue desarrollar el pensamiento crítico o la razón de cada individuo. Esta razón o pensamiento reflexivo garantiza la libertad de pensamiento y por tanto las libertades civiles que se expresan a través de la democracia, donde el bien común se realiza mediante el intercambio de ideas, el respeto y la escucha.
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| Fotograma de la película Sólo es el principio |
Su método se basa en la transformación del aula en un taller creativo donde, a partir de material aportado, se reflexiona y se dialoga sobre aspectos filosóficos. El aula se convierte en una auténtica comunidad de investigación donde unos aprenden de otros, todos crean y aportan ideas con las que enriquecerse y desarrollar un pensamiento autónomo. Aquí el papel del docente se relega a un segundo plano, es un guía; su misión es sembrar en los alumnos la idea de que han de ser ellos mismos la autoridad en sus propias vidas.
Y de esto va la película documental francesa Sólo es el principio donde Pascaline, maestra de maternelle, alrededor de una vela reúne a sus alumnos de 3 y 4 años para poner en práctica el diálogo filosófico. Nos sorprendemos al ver cómo estos niños aprenden a razonar, a reflexionar, a respetar las ideas de sus compañeros y a debatir sobre temas tan esenciales como la amistad, el amor, la muerte… Entre todos hacen filosofía y se asienta el germen de unos futuros ciudadanos cívicos, tolerantes y dialogantes. No olvidemos que ellos son nuestro futuro y mucho más ahora cuando esta coyuntura de crisis económica, social y de valores nos empuja a revalorizar los aspectos éticos y culturales de la educación si anhelamos una futura sociedad justa, solidaria y auténticamente democrática.













