| Foto de Sara Justo |
Si
observamos a los niños pequeños, nos damos cuenta de la ilusión con la que se
encuentran cada objeto, cada ser, cada situación que sucede. No están en el
fin, si no en el ahora, en el vivir totalmente presentes.
Recuerdo
ver a dos niños jugar a asustarse, uno se tapaba con una sábana, la levantaba y
decía: ¡Uh!, la otra niña se reía y tomaba su turno para hacer lo mismo.
Estuvieron así durante horas, riendo sin parar.
La
educación tradicional y el estilo de vida de hoy en día suele acabar con esta
presencia. Es un mundo de objetivos, fichas, evaluaciones, exámenes… Como si
hubiera una carrera que ganar, algún sitio al que llegar, raudos y veloces, sin
tiempo para sentir ni disfrutar del camino, sin tiempo para asimilar las
experiencias y los conocimientos. Desde los tres años ya tienen que ir bien en
inglés, aprender a tocar el violín y empezar con actividades extraescolares, ir
de excursión y salir del nido materno, incluso a dormir fuera.
Y
los niños se adaptan a todo, si les exigimos todo esto, intentarán conseguirlo,
y así se convierten en pequeños hombres y mujeres de negocios, estresados por
su productividad y por llegar a donde se les requiere.