Estoy de acuerdo con quienes afirman que la verdad a medias es la peor mentira. Asimismo, creo que no completar ciertos conocimientos o enseñar sólo una parte de ciertas teorías, en muchos casos resulta bastante peligroso. Cuando estas doctrinas constituyen pilares fundamentales de nuestra cultura, asumirlas de manera parcial, ocultando intencionadamente elementos críticos para su correcto entendimiento, dará lugar a sociedades enfermas y encaminadas a su destrucción. Tal parece ser el caso con la explicación incompleta de las ideas de Darwin sobre la evolución de las especies, que tanta importancia tienen en nuestra manera de entender la vida y en nuestras relaciones (entre humanos, con otros seres vivos y con la naturaleza).
Pocos cuestionan en la actualidad el evolucionismo formulado por el naturalista inglés Charles Darwin, y expuesto en su obra El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (confieso que el título siempre me ha inspirado un cierto temor). También es cierto que la polémica entre creacionistas y neodarwinistas extremos ha alcanzado una gran virulencia en ciertos momentos. Los creacionistas encuentran la teoría de la evolución incompatible con la creencia de que Dios creó a la humanidad y a todas las demás especies en un acto único después de materializar el mundo. Han proliferado entre las filas de fanáticos cristianos y entre extremistas musulmanes, quienes prohíben a sus hijos acudir a clases de genética o biología en las que se hable de evolución. Son una pequeña aunque ruidosa minoría. Más peligrosos e influyentes son aquellos pseudo-darwinistas que justifican prácticas de poder, dominación, avaricia y codicia extrema, a nivel individual, corporativo o empresarial, y nacional, amparándose en lo que Darwin nunca dijo o en citas de sus obras sacadas de contexto.