viernes, 18 de noviembre de 2011

El éxito real de la educación estricta e intolerante


Me parecio un tema bastante interesante estrenar el blog de misait con el caso de Amy Chua, una madre exitosa que educa y entrena a sus hijas para que sean exitosas, está recorriendo el mundo a través de los medios de comunicación. Los debates alcanzan temperaturas elevadas, todo se revuelve, el libro se vende y Amy Chua es más exitosa.

Su modelo de educación y crianza es tan provocativo como inspirador y nos obliga a reflexionar, cosa que buena falta hace en una sociedad como la nuestra, entrenada para el consumo enlatado con atractivos envoltorios.

En este caso, el envoltorio es “Éxito y Perfección” en los resultados académicos de sus hijas. Esto nos atrae. Parece ser que esta madre tiene la fórmula para que nuestros hijos ¡sean exitosos! Corremos a abrir el paquete, ansiosos por acceder a esa información clave que resolverá tantas incertidumbres.
¿Madre Tigre? ¿Hijos Leones? Bienvenidos al mundo de las fieras ¡Esto es la selva! Aparecen las primeras señales de peligro y ahí mismo un cartel que avisa sobre 10 Prohibidos que has de seguir si tienes menos de 20 años y quieres sobrevivir.  Otro cartel avisa de que puedes atravesar la selva con éxito porque no eres mediocre. La tensión se instala y llega una orden: ¡Camina y obedece, es tu obligación!


Cogí los 10 Prohibidos y decidí hacer un primer experimento. Leí a mis hijas, de 12 y 10 años, cada uno de los puntos.

PROHIBIDO 1. Dormir fuera de casa. 2. Quedarse a jugar en casa de sus amigos.  3. Participar en una función escolar  4. Quejarse por no poder participar en una función escolar.  5. Ver la televisión o jugar con videojuegos. 6. Escoger sus actividades extraescolares. 7. Sacar notas por debajo de sobresaliente.  8. No ser las primeras de la clase en todas las asignaturas salvo en gimnasia y teatro.  9. Tocar un instrumento que no fuese el piano o el violín. 10 No tocar esos instrumentos.
Sus ojos no cabían en sus pequeñas caras. Les había dicho que son las reglas que usa una amiga con sus hijas. Al terminar, sonríen y me preguntan si es broma o de verdad esas niñas viven así. La pequeña sólo decía… “pobrecillas” y la mayor, haciendo uso de su sentido del humor dijo: “esa señora se olvidó de poner el undécimo mandamiento, “prohibido suicidarse o matar a tu madre mientras duerme”

Nuestro sistema de creencias son las gafas con las que interpretamos la realidad. Está claro que mi caso, madre occidental con hijas occidentales, sería menospreciado por la señora Amy Chua por creer que el éxito académico es el resultado de múltiples variables y que no ocupa el primer puesto en la lista de valores, por educar en la capacidad para discernir, tomar decisiones y expresarse libremente; por creer y potenciar una educación en casa que escucha y comprende, que guía y acompaña, que potencia la amistad y la relación entre las personas y por aceptar el reto de lo desconocido que nos espera. Para la Madre Tigre, las madres occidentales tenemos una tara que repercute directamente sobre los resultados académicos de nuestros hijos. En fin… esas son las gafas con las que nos mira, juzgándonos desde su posición de verdad.

La verdad de Amy Chua se instala en su más tierna infancia, cuando aprendió que el mundo es la selva; la competitividad, la herramienta fundamental para ser visible y aceptado por los propios padres, y el rigor, el código para relacionarse.  La idea de ser humano se reduce a la capacidad de éxito y el éxito sólo se lee a través del expediente académico. Aprendizaje que se gestó en su infancia, se consolidó en su juventud y ahora, adulta, comparte con nosotros como su verdad.

Es SU verdad, para ella tiene sentido, y por tanto su método-experimento le resultará exitoso siempre que permanezca en la convicción de que su misión y obligación como madre es conseguir otro brillante expediente académico, el de sus hijas.

Esta educación estricta e intolerante responde al principio de obediencia a la autoridad externa. Cuando esa autoridad crea los mecanismos suficientes de control y castigo, el objetivo se cumple. Sobre todo cuando se trata de una relación  atravesada por el vínculo padres/hijos. Todos somos hijos… ¿Qué hijo está dispuesto a no ser aceptado por sus padres? ¿Qué hijo está dispuesto a ser invisible para sus padres? ¿Qué hijo, antes de la adolescencia, está dispuesto a no cumplir con lo que se espera de él? La trampa es sencilla. Jugarse el amor y reconocimiento de los padres es una batalla a la que un hijo no se enfrenta hasta bien mayor (algunos nunca), porque claro está que sería algo así como el suicidio.

La educación estricta e intolerante pretende seres dóciles que perpetúen un sistema de creencias y valores al servicio de un poder externo. Así se ve en su historia, la de sus padres y sus creencias ligadas a aquel contexto de inmigración y poderío americano, mismo contexto que hoy le confirma que está entre las 100 personas más influyentes del mundo, mismo sistema que le confirma que es visible, porque “deben” seguir creyendo que eso es el éxito.

Es inherente a la paternidad y maternidad ser productores de sentido. Revisar nuestro sistema de creencias y obrar en consecuencia es tarea ineludible cuando el compromiso de educar a los hijos se asume con responsabilidad. Sea cual fuera ese sistema de creencias y valores que como adultos y padres tenemos, Amy Chua nos recuerda la potencia que puede alcanzar el mensaje hacia nuestros hijos cuando la relación entre lo que creemos, sentimos, decimos y hacemos se mantiene en armonía y congruencia.
  
*Escrito por Ana Martínez Masson psicopedagoga especializada en educación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario